Manolete venía medio loco del mercado, le había prometido a su inspector de hacienda una cena

 resultona y molona y sólo tenía el pan.  No encontró, no vió, no se enteró… pero sólo pan.  Abrió la nevera como si de una plegaria fuera, queriendo encontrar “esa ce

 

na” y había borraja.  Se sobrepuso, buscó, encontró y rió, pensó y díjose para los adentros “nadie se resiste a un torrezno”.  Comenzó a prepararlo, desgrasarlo y mimarlo para de

spués dejarlo crunch. Fase uno, en marcha.  La borraja estaba espitosa pidiendo a gritos que la sacaran a bailar y así fué, la cogió entre sus brazos y en la hojita susurró “contigo una espumita”.  Creó primero la crema, con patata cocida, las hojas escaldadas, terminando con el zumo de una naranja (ahora hay sanguinas) y una chorrada de Cointreau (algo de canela, por si queremos pillar).  Puso la crema en un sifón de esos y guardó en la nevera.  Fase dos, en marcha.  Le faltaba el contrapunto y lo sabía.  Se pasó a casa de su vecino J. Mené y  le explicó lo que le pasaba, al minuto le ofrecía un “caviar cítrico” sonrío, lloró y volviose a casa mas contento que un gorrinico en charca.  Faltaban quince minutos para la cita con su inspector y comenzó a emplatar.  Con puntualidad suiza llamaron a la puerta, saludos de cortesía, unas botellas de vino, pasa por aquí…cerraron la puerta y no pude alcagüetear más, igual le sale negativa.

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