Coco y Puchi estaban tomando un agapé en el jardín cuando entró en escena Silva, un guaperas de la urbanización modernazo total, comunicándoles que el restaurant nuevo ya había abierto sus puertas y que había reservado mesa para todos.  Coco y Puchi hacían “aaaaaaiiiiins” (por el guaperas…) mientras él les contaba la decoración y tal.  A las nueve estaban sentaditos los tres en el Marsella mientras qudsc_2164e Carlos les susurraba que tenían una ensalada en carta divina de la muerte, Coco rápidamente advirtió de sus alergias, respondiendo éste que todo está controlado y prosiguió.  “Ensalada de naranja sanguina con rallado y vinagre de chocolate negro, bajo queso fresco coronado de miel y pimientas, salpicado de arándanos”  Puchí gritó ooooh! mientras Coco aplaudía y Silva preguntando inquieto comento algo sobre borraja, a lo que Carlos respondió, por ser el día de la inauguración añadiremos al plato un “ramillete de hojas de borraja frita” (que por cierto se queda crunch) Los tres saboreaban con alegría y risas disfrutando del Copón.  Silva levantó su copa y aludió “lo que la borraja ha unido que no lo separe el cardo” bebieron, pagaron y se fueron…chimpúm!

Perdonaaaa, me quieres decir que quieres hacer “eso” en mi restaurante? no hija, no!  Así comenzaba un miércoles en Casa Pulido, convenciendo a Genaro para hacer un yogur.  Iris le hablaba de nueva cocina, de vanguardia e incluso de tendencia, pero él se sentía agusto en lo suyo, aunque reconocía en ella una gran pasión por descubrir y una sonrisa que le impedía decirle no.  Ya verás, vamos a crear un dulce con lo que no dsc_2122es y tú serás el primero en probarlo, -apañada vas muchacha! contestó Genaro.  Iris cogió la borraja por banda y la pasó a cuchillo, vainas y hojas verdes fueron al puchero a escaldar, para enfriar después bajo el grifo, triturar y escurrir.  Mientras ésto pasaba Genaro había ido a la tienda, -griego te traigo, le susurró a Iris.  Estuvieron riendo un rato y volvieron al tema, al yogur le puso un poquito de azucar y unas ralladuras de chocolate blanco generosas.  Las avellanas ya las tenía machacaditas y las colocó en la bola, seguidamente las cubrió con el yogur (ya todo mezclado)  faltaba coronar con la borraja y la verdad iba un poco despistada hasta que de pronto gritó, copón! ya lo tengo.  A la borraja le añadió la yema de un huevo y creyó conveniente incorporarle una cucharadita de miel y pimienta negra, (así, porque yo lo valgo) el resultado le hizo llorar (un poquitico solo).  Lo añadió al yogur con cuidado y fué cuchara en mano a ofrecerle a Genaro el resultado, éste probó, rió y saboreo con salero dando su aprobación en cada cucharada -oye y la fresa?  -unta tontorrón, unta.  Chis púm!

Pocholo y Bartolo diseñaban con afán un nuevo prototipo de “introducción de agua destilada en el circuito energético del generador de la M-2, sin wiffi”, ponerse muy de acuerdo no es que se pusieran, para Bartolo lo principal era tener acceso a todas las operaciones y “menearlas a su gusto”, mientras que para Pocholo (más elegante y cosmopolita) lo principal era el diseño, la ergonomía y los colorines.  Avanzaba la mañana entre -haz lo que quieras, pero hazlo- o cositas cariñosas como -que taraos estais los maquinistas- hasta que llegarón las 14h. y se fueron a comer.  Hacía un frio del carajo y a Bartolo se le antojaron (vdsc_2082amos, que si no come revienta) unos boliches.  En la Taberna, el cocinero los preparaba con Borraja Agridulce (plato estrella de la casa) y además oficiaba en sala.  Sin pensarlo más, Maximiliano el cocinero, se dispuso a ello.  En la tartera de barro salieron ya cocidos los boliches que añadió eran de Luesia (delicatessen) con su tocinico y jamón y esas cosas.  En un bote aparte aparecieron las entre hierbas aromáticas, pimientas, granos de mostaza… Bartolo preguntó y Maximiliano explicó que en uno de sus viajes por el Picarral, un oriundo de la zona le contó la receta y que desde entonces no ha dejado de usarla en su cocina.  Cortó la Borraja del tamaño de un centímetro y la añadió a los platos rodeándolas después con los boliches, salpicando finalmente con pimentón, del Copón! sentenció Maximiliano.

Pocholo y Bartolo se pusieron como gorrinicos pero seguían sin ponerse de acuerdo en como realizar el trabajo, por lo que decidieron dejarlo para mañana (cosas de mecánicos y maquinistas) y además no quedó ni un boliche de Luesia, ni uno.

Manuel seguía arreglando la lavadora de la señora Vicenta, la cual se mostraba un poco inquieta por el resultado final.  Tenía muchos años (la lavadora), bueno y Vicenta y además parecía no confiar mucho en el mocete, -Manuel, puedo estar segura? repicaba la señora una y otra vez.  -Que síiiii le sonreía el otro.  Tú dirás lo que quieras Manuel pero no sé si estar segura…pasaba el rato y entre tira y afloja empezaba haber hambre, Vicenta fué a la nevera y cogió un trozo de turrón casero que  le enseño un vecino del pueblo allá por el 1874.  Quieres un poquico?.  Manuel no dudó en levantarse ya preguntando, de que es? y eso verde?.   Ainnnss, cabezeaba Vicenta, ésto es “Turrón ddsc_2054e Chocolate con Almendras refrescado con Granada & Borraja”, ah! y un almibar de mandarina. Copón, exclamó Manuel, de éso si está segura, no?  Ella reía con alegría mientras comían otro trozo.  En ese momento puso en marcha la lavadora y al ver que funcionaba bien le dijo Manuel si estoy segura, a lo qué el respondió  …a éste turrón unos piñones no le irían nada mal. Colleja al canto y todos tan amigos.

Ahora ésta imagen sería impensable y nos llamarían de todo menos bonitos, pero hubo una época, en la que a los niños (yo lo recuerdo con diez años), al margen de la consabida merienda de “sopanvino” (pan con vino y azucar) cuando nuestras madres nos hacían un huevo pasado por agua, el premio era beber en la cáscara, vino tinto.  Abuelo Francisco gracias por esa infancia. Otro día un cuento…dsc_2007

Celestino paseaba por el centro de Zaragoza buscando corbata para la ocasióndsc_2001 pero no encontraba nada chic! que llevarse al cuello. Se aburría y de forma inconsciente empezó a mirar escaparates aludiendo al buen o mal gusto de éstos, (de joven estudió en Teruel y algo de arte se le quedó).  Al dar la vuelta se topó con un escaparate nuevo, lleno de motivos navideños donde colgaban rodajas de limones, naranjas, pomelos y demás cosas de éstas, frutas repartidas por todo el espacio y unos cuadros alusivos a creaciones gastronómicas.  Una gran ventana a la que enseguida sugirió “le faltaba nieve” mirando mas detenidamente el escenario observó unos ramilletes de -rosas de manzana, fresas con cholotate de color, figuras en calabaza y mangos tallados (lease fruta)- nó, borraja no había.  Era, el Desván de las Frutas que Querían ser Princesas.   Celestino de pronto puso el grito en el cielo y fué corriendo al bar de enfrente, entró a la cocina (así porque yo lo valgo) cogió un cazo con agua, lo puso a hervir, cuando estaba en plenitud metió un huevo (de gallina) y contó 3 minutos.  Una vez fuera lo cascarilló por arriba con una cucharita, quito el sombrero de la clara dejando al descubierto un oceano de yema sedosa en el cual, pensó en introducir unos Bastones de Borraja que tenía el cocinero por ahí.  Cató, alucinó y salió corriendo otra vez al escaparate, una vez dentro depositó el huevo con los bastones en una zona específica y añadió “ahora si que está completo y glamuroso” justo a la vez que la moza de la tienda le invitaba a salir con una escoba del tamaño de la Torre San Gil.  Montón de descabezaos hay en éste barrio, comentó Eva.

Blanca y Mari iban como locas por las dependencias del local, todo era ajetreo y meneo y fogones con salseo.  Estaban esperando alguien o algo pero en su nerviosismo tenían “atacaos” a los clientes del bar, que les suplicaban casi llorosos, que se relajaran una miaja.  Ellas a lo suyo.  Mari capitaneaba la sala con “aire” musical (mientras escuchaba a Mecano), gritando aquello de “soñé por un momento que era aaaaaaaaire”…  De pronto Blanca desde la cocina gritó “eso, eso, aire!”.  Sin dudarlo atrapó con destreza una borraja y se puso a buscarle las hojitas tiernas entre el follaje, satisfecha con lo encontrado rezaba para sus adedsc_1922ntros, estás van en tempura con vino de Fuendejalón.  Con la mezcla de harina y agua fría en su punto, iba añadiendo el vino tinto con cautela, para conseguir un sabor sabroso pero sin riesgos.  Mari por otro lado ultimaba la sala y la dejaba engalanada como para fiestas “la visita lo merece” comentaba.  Blanca había preparado una sartén con aceite de girasol en el cual iba echando las borrajas bañadas en tempura y fríendose con brío consiguiendo que se quedaran huecas “como con aire”.  El toque sexy vino cuando añadió unos pétalos de sal de garnacha, que hacen en casa.

De pronto la puerta del local se abrió de par en par y un haz de luz blanca recortaba una silueta familiar, Blanca y Mari se mirarón con emoción y rubor, cuando una voz madura dijo, “hola! soy Silverio y os traigo las primeras Garnachas de la temporada”, ellas se cojieron de la mano, se abrazaron con locura, saltaban con desmelene y lloraron de felicidad, ah! y merendaron.

Manolo miraba la nedsc_1889vera con carita de deseo, pero no encontraba nada, llevaba tiempo queriendo sorprender con un postre a Pepa y Jóse y la idea no le cuajaba.  Había oído hablar de uno que hacía cosas raras con la borraja, pero no se fíaba, hasta que un día un compañero, Santi, le contó cosas de él y se puso a investigar.  El jueves venían la pareja a cenar y el postre era esencial para introducir sensualidad en el ambiente.  Descubrió que la borraja tenía “tronchos” (los tubos) y decidió rellenarlos de chocholate a base de jeringuilla, sal y aceite por encima y olé!  Sabía que Pepa le gustaba con insistencia el chocolate blanco y se lanzó a crear una chocolatina con esfera de melocotón en almibar y capirote de borraja.  Cómo no hay dos sin tres probó a hacer lo mismo pero con una fresa, con un resultado sedoso.

Terminada la cena, Manolo se dispuso a presentar sus “fruits attack”.  Jóse quedó impresionado con los contrastes y carnosidad de la fresa, Pepa reía sóla jugando con la esfera de melocotón y su punto exótico.  El desparrame llegó al probar los tronchos, dónde las complicidades aparecieron y los toques de piel se hacían insistentes.  Ya se sabe a veces la mejor pareja puede ser tres…

Elisabeth notaba una mirada fija en ella, le incomodaba.  No sabía de donde venía y eso le producía nerviosismo.  Había mucho personal en la fería y los stand llenaban de ruido todo el recinto.  De pronto se fijó en uno donde la calma y las risas tenían nombre propio “Las Borrajas del Copón”, se acercó y descubrió la mirada que antes le perturbaba…una cDSC_1617igala!  Aliviada por el descubrimiento comenzó a observar y descubrir que estaba reposada sobre un lecho de hojas de borraja fritas, que le acompañaban unos puntos de mahonesa cítrica, naranja & limón y unos dados inquietantes de…parecía pan, pero no estaba segura.  Decidió preguntar al mocico del stand, que présto y galán le contó que eran dados de pan remojados en vino blanco de Aragón (que sólo Marta Tornos conoce) y recubierto de azucar (fórmula antiquísima de merienda infantil).  Sorprendida, ilusionada y aún diría más, atrapada por la sencillez, exclamó, cuán Tentación en la Mesa! a lo que el mocete ruborizado, porque era muy suyo, sonrió y añadió “las cervezas las pagas tú..”

Apollonia estaba ligeramente sentada en el taburete rojo, escote palabra de honor hablaba sensíblemente de ella.  Una moto negra aparcó en la puerta de El Descorche. Prince abrió la puerta, su presencia iluminó el local y hasta Chorche que andaba colgando platos de celibritis, quedó prendado.  Traje púrpura con hombreras, camisa blanca hasta el insulto y cuello grande y doble, estudiosamente desabrochada, botas con tacón alto y mirada de fuego que le penetró a Apollonia hasta fundirse en un gran beso.  Chorche de El Descorche, seguía a lo suyo mirando el reloj para ver el Real Zaragoza.

Prince se dirigió a él y le pidió una zarzaparrilla, éste loDSC_0948 miró por encima de los tomates y sentenció, o Ambar o a la calle…bebiendo con agrado la cosa se iba animando, cuando de pronto le puso un platito de “Borrajas Agridulces del Copón”, probó, se iluminó, bailó, bailaron, cogió la partitura, se abrigó con su chaqueta Púrpura mientras en la calle llovía (Rain, lo llaman en Minneapolis) en el cassete del bar sonaba funky y Chorche seguía colgando platos…