Martiín era temido en los siete mares (incluido el Ebro).  Corsario checo de noble planta y ojitos arrebatadores era famoso por conquistar el corazón de las doncellas a través de sus comidas, en todas las islas había algún corazón partío.  Temido éra también por la ferocidad con que despiazaba las bestias que luego tan dulcemente compartía con quien tenía a bien acompañarle.  Llegarón a sus oídos los rumores de una nave anclada en “acequia la de Virreina” junto a unas tierras prósperas y fértiles.  Decidió emprender viaje hacia allí (otra vez doscientas diecisiete doncellas, alguna no, llorando)  al cabo de varias lunas se encontraba delante de un hermoso navío de ala ancha donde los colores irradiaban locura y pasión.  Se río y añadió, aquí encajo yo.  Trabajando en unas zamburiñas (manjar absoluto de las aguas) se desesperaba pues no encontraba el verdor que necesitaba para su mahonesa, unos le decián Martiín mira éste, otros Martiín mira aquel, hasta que un mancebo risueño le guiñó y le dijo toma chaval!  No conozco este producto que es? Borraja, mi corsario checo viajero.  Tomó un par de hojas, las escaldó, las pasó a cuchillo varias veces  y añadió a la mahonesa, unas gotas de naranja exprimida comprendió que sensibilizarían frescor, a la vez que una pizca de comino definiría la salsa.  Pasó las zamburiñas por la plancha con una sal de pimienta verde y limón.  Como no podía ser de otra manera el mancebo tenía una hermana en edad de merecer…y fin

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